La siesta era obligatoria

Actualizado: 15 de sep de 2019



La siesta era obligatoria y no había argumento que pudiera influir sobre este mandato familiar. Ahora la disfruto y hago lo imposible para no perdérmela, pero en el año 1950 se parecía mucho a un castigo incomprensible. Debía quedarme en mi cama con la luz apagada mirando el techo mientras los sonidos de la calle y algunos pocos rayos de luz se filtraban entre las imperfectas varillas de la persiana de madera, proyectando las siluetas borrosas, pero claramente identificables, de los tranvías, los coches y aun de las personas que caminaban bajo el impiadoso sol del verano.


Podía pasarme largos ratos observando algo extraordinario: tranvías, coches y personas, pasaban boca abajo y en la dirección contraria a la verdadera. Sólo los colores se mantenían sin cambios.


Tan extraño era que ni se me pasaba por la cabeza contarlo. Día tras día mientras mi madre, supongo ahora, respiraba tranquila porque había logrado cumplir con ese mandato esencial de toda buena crianza que era la siesta, yo dejaba fluir el tiempo esperando, con los oídos atentos, el sonido de un nuevo tranvía proveniente de la izquierda, mientras con el rabillo del ojo observaba el momento en que, boca abajo y desde la derecha, atravesaría, traqueteante, mi habitación.


Muchos años más tarde supe que lo que miraba extasiado no era otra cosa que el fenómeno de la cámara oscura, la base de la fotografía. Y de mi futura profesión.

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